¡Los campeones! Parados, de izquierda a derecha: Héctor Scarone, Ernesto Fígoli (masajista), Lorenzo Fernández, José Leandro Andrade, Santos Urdinarán, Fausto Batignani y José Vanzzino. Hincados, en el mismo orden: José Nasazzi, Emilio Recoba, René Borjas, Héctor Castro y Zoilo Saldombide.
La Copa América de 1926 se disputó en Chile entre el 12 de octubre y el 3 de noviembre.
El escenario en el que se celebraron los partidos fue el Campos de Sports de Ñuñoa, de Santiago.
Tras su ausencia en el certamen de 1925, la Celeste regresaba al Sudamericano con la intención de recuperar el cetro de mejor de América, ahora en poder de Argentina.
El combinado oriental mantuvo su base olímpica, liderado por Andrés Mazali, José Nasazzi, José Leandro Andrade, Alfredo Ghierra, Santos Urdinarán, Ángel Romano y Zoilo Saldombide, entre los más relevantes.
1924. Uruguay comienza a recorrer el camino de la gloria. ¿Dos medallas doradas olímpicas y una Copa del Mundo? El primero de los jugadores parados desde la izquierda es Héctor Scarone, el tercero es Pedro Cea, el quinto es José Leandro Andrade, el sexto es Pedro Petrone y el octavo, José Nasazzi. Hincado, en el extremo izquierdo, Santos Urdinarán. Ahí están, esos son…
«Sería fantástico que Lionel Messi pudiera estar (en París 2024). Los Juegos (Olímpicos) son una ambición de muchas estrellas del fútbol, como Kylian Mbappé. Para Lionel Messi significaría una oportunidad de escribir la historia otra vez. Podría ser el único jugador de la historia en tener dos medallas de oro olímpicas y la Copa del Mundo”.
Si esta frase la hubiese dicho algún hincha despistado o sin conocimientos de la historia del fútbol, no hubiese sucedido nada. Puede pasar. Tampoco somos quiénes para pedir carnets de suficiencia a los apasionados del deporte.
Sin embargo, esta frase le pertenece al alemán Thomas Bach, presidente del Comité Olímpico Internacional, lo que demuestra un preocupante desconocimiento de una historia que, en materia futbolística, Uruguay escribió con letras doradas en 1924, 1928 y 1930.
Los campeones. Parados, de izquierda a derecha: Jorge Pacheco, José «Cochemba» Vanzzino, Cayetano Saporiti, Grgeorio «Ensalada» Rodríguez, Manuel «Japonés» Varela y Alfredo «Mariscal» Foglino. Hincados, en el mismo orden: José «Botija» Pérez, Héctor «Rasquetita» Scarone, Ángel «Loco» Romano, Carlos «Rasqueta» Scarone y Pascual «Rata» Somma.
En 1917, Uruguay obtuvo por segunda ocasión consecutiva el título de campeón sudamericano tras el conquistado en 1916 en Buenos Aires. De esta forma, consolidaba su condición de potencia continental y lo hacía luego de vencer en su propia tierra, en la que, a partir de ese momento, jamás sería derrotado por Copas América. Precisamente, la edición de 1917, llevada a cabo en un nuevo e imponente estadio (Parque Pereira), puso en juego por primera vez el ya clásico trofeo.
LA GÉNESIS. EN MONTEVIDEO SE PONE EN MARCHA LA CSF
El sábado 16 y el domingo 17 de diciembre de 1916, se llevaron a cabo en la sede de la Asociación Uruguaya de Football las reuniones del Consejo de la Confederación Sudamericana de Fútbol. Se decidió que, a partir de 1917, se disputaría anualmente el Campeonato Sudamericano, fijándose la ciudad de Montevideo como próxima sede. Se encomendó a Héctor Rivadavia Gómez-presidente de la CSF- la adquisición de la Copa América que sería puesta en juego en la competencia, trofeo que quedaría en custodia del ganador hasta su nueva disputa.
Desde comienzos del siglo XX, han sido varios los futbolistas de otros países que lucieron la camiseta del seleccionado uruguayo.
Cada época y circunstancia fueron distintas para ello: desde reglamentaciones que directamente no lo impedían como en los inicios del balompié pasando por nacionalizaciones, por ser hijos de uruguayos y hasta de participaciones especiales en amistosos de mayor o menor oficialidad.
Es por ello que, en este artículo y a modo de juego, vamos a crear el once ideal de los futbolistas que vistieron alguna vez la casaca oriental, pero que no nacieron en nuestro territorio.
Basándonos en el sistema clásico de 2-3-5, aportaremos también una lista de cinco “suplentes”.
Uruguay en el Preolímpico 1976. Parados, de izquierda a derecha: Julio César Antúnez, Wilson Kénez, Rodolfo Rodríguez, Carlos Luthar (capitán), Carlos Boccone y Washington Olivera. Hincados, de izquierda a derecha: Rudy Rodríguez, Alfredo Cáceres, Horacio Italiano, Eduardo Pierri y Héctor Roux.
Entre el 21 de enero y el 1º de febrero de 1976, se disputó en Recife, Brasil, el Torneo Preolímpico que buscaba clasificar a dos selecciones al certamen de fútbol de los Juegos Olímpicos de Montreal, a jugarse en la segunda quincena del mes de julio.
Se trataba de la quinta edición del torneo, que se llevaba a cabo desde 1960, de cara a los JJOO de Roma. Sin embargo, hasta allí, la Celeste nunca había logrado avanzar a un campeonato que ya había obtenido en 1924 y 1928 y que, además, fueron los primeros campeonatos del mundo de todos los tiempos.
Claro, desde 1960 las condiciones de participación eran diferentes, con límites de edad o de monto cobrado de salario en sus clubes.
El 23 de agosto de 1983, Uruguay conquistó un título que, desde que comenzaron a disputarse, le había resultado esquivo: los Juegos Panamericanos, que se celebran desde 1951.
La medalla faltante y largamente anhelada se cosechó en Caracas, Venezuela, de la mano del maestro Oscar Washington Tabárez, en una de sus primeras incursiones como conductor de un combinado nacional. Sin embargo, el camino al título no fue sencillo.
Festeja Uruguay en el Sudamericano de la Segunda División de 1994.
Si bien las selecciones mayores absolutas son las que se llevan todas las palmas y el protagonismo, las asociaciones de fútbol de los distintos países del continente supieron también contar con combinados íntegramente formados por futbolistas de la Segunda División, la famosa “Selección de la B”.
Generalmente, estos seleccionados específicos de la segunda categoría del balompié de cada país se limitaron a disputar partidos amistosos entre sí, pero también ante clubes e, incluso, participar de torneos amistosos alrededor del mundo, en los que actuaban, para sorpresa de muchos, combinados absolutos.
Estos casos fueron típicos de la Selección de la B uruguaya, que desde los años cuarenta del siglo pasado y hasta entrado el siglo XXI disfrutó de mucha actividad y, lo que es mejor, de un respeto ganado en nuestro deporte.
Las medallas con los campeones. Uruguay, siempre Uruguay.
La pelota descansa tranquila en el fondo del arco. Un segundo antes, la habían tratado como a ella más le gusta. Brian Lozano la había acariciado con la parte interna de su pie derecho, por afuera de la barrera. Iban 10 minutos de la final contra México y Uruguay ya comenzaba a disfrutar de lo que sería un nuevo título para sus vitrinas.
Aquel 26 de julio de 2015 , devolvió a la celeste al escalón más alto del podio al conseguir el oro en los Juegos Panamericanos de Toronto.
Y claro, el final fue emotivo y como los campeones eran botijas, nadie los paraba. Corrían, saltaban, celebraban con todo tipo de gestos y muecas. Se habían recibido de hombres en la cancha.
Diego Lugano levanta la Copa. ¡La 15ª era celeste!
La refundación de la selección había tomado cuerpo. La semilla plantada por Óscar Washington Tabárez en 2006, que dio los primeros frutos en el Mundial de Sudáfrica 2010, promovía la reencarnación de la mejor expresión de la historia del fútbol uruguayo en un grupo de jugadores que, definitivamente, volvería a hacer latir a la Celeste en la elite.
Aquella transformación, que durante años había diseñado Tabárez en el anonimato y en la soledad del abandono que tantas veces el fútbol propone a sus protagonistas, había encontrado en el liderazgo anímico y portentoso de Diego Lugano, y el silencioso y futbolístico de Diego Forlán, los motores fuera de borda para generar una nueva época en la selección de la AUF.
Definitivamente el fuego estaba encendido nuevamente.
Celeste preolímpica posando el 4/4/1987 en el Centenario en amistoso ante Chile (3-0). Parados, de izquierda a derecha: Enrique Peña, Jorge Seré, César Pereira, Gustavo Faral, José Luis Pintos Saldanha y Osca Aguirregaray. Hincados, en el mismo orden: Walter Pelletti, Santiago Ostolaza, Enrique Báez, Pablo Bengoechea y Mauricio Silvera.
El 12 de julio de 1987, Jorge Seré, Gonzalo Díaz, José Luis Pintos Saldanha, Enrique Peña, Enrique Báez, Oscar Aguirregaray, Pablo Javier Bengoechea, Mauricio Silvera, Gustavo Dalto, Walter Peletti y Héctor Tuja se fundieron en un solo abrazo y festejaron el título de campeón de América conquistado tras vencer en el Monumental de Núñez 1-0 a Chile en la final.
No solo eso: Bengoechea fue el autor del tanto decisivo y, en los dos encuentros por el Sudamericano de mayores (iniciando con el sensacional triunfo 1-0 ante la Argentina campeona del mundo en su propia casa y liderada por el, para muchos, mejor futbolista de todos los tiempos: Diego Armando Maradona), el “Chango” Pintos Saldanha clausuró el lateral izquierdo, el “Pelado” Peña ingresó a derrochar todo su coraje y el entrenador Roberto Fleitas se consagró con sus planteos magistrales.
Por tanto, a pesar de los consabidos problemas dirigenciales, organizativos y económicos de la Asociación Uruguaya de Fútbol en la década del ochenta, cuesta creer como la mitad de ese plantel campeón y el DT apenas dos meses y medio atrás habían pasado con más pena que gloria por el Preolímpico de Bolivia, aquel que buscaba dos lugares para los Juegos Olímpicos de Seúl 1988.